Un Dios personal

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Lectura: Job 41:10-11

“¿Quién, pues, podrá estar delante de mí?” v.10b

Todos sabemos que el sufrimiento está ligado a la condición humana aunque en distintas maneras y medidas. Y todos sabemos también que el dolor compartido se hace más llevadero. Por eso, de nuestros amigos esperamos apoyo y consuelo. Cuando tengo cerca a alguien que está sufriendo o atravesando una situación difícil, le pido a Dios que me guarde de comentarios inadecuados, automatizados o insensibles, pues es fácil abrir la boca ante el dolor ajeno con pensamientos estereotipados y frases hechas, que pueden herir más que curar.

Si hay algo que me maravilla profundamente es el inmenso misterio del obrar de Dios con las personas, y, en especial, con cada uno de sus hijos. En la muy conocida historia del justo Job, tres de sus cuatro amigos pronunciaron tantas palabras insensibles, tantos juicios despiadados como si fueran verdaderos y tantas racionalizaciones duras del proceder de Dios, que no solamente no fueron de consuelo y edificación para el sufriente amigo, sino que además provocaron el enojo de Dios. Estos señores pretendieron interpretar el proceder de Dios con su siervo, sin embargo se equivocaron rotundamente y se olvidaron del amor. Que Dios nos libre de medirlo a Él según nuestras propias medidas o de intentar automatizar sus pensamientos o las razones de su proceder.

Nunca podremos predecir el trato de Dios; eso pertenece a su sola soberanía. Él actúa con sus hijos de formas insospechadas, porque nadie más que Él nos conoce absolutamente. Así que antes de abrir mi boca para pronunciar palabras sin misericordia, abrazo a mi amigo o a mi hermano y le digo: “oro por ti”.

Nancy Rodríguez Antivero, Uruguay


Dios es Dios. No tenemos su punto de vista


  

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