Simple obediencia

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Lectura: Juan 9:1-12

“Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo” v.7b

Jesús se inclina, escupe, hace lodo con su saliva, y lo unta en los ojos del ciego. No sé qué habrán pensado los discípulos pero esto parecía humillante. Pudo haber elegido otros métodos pero el Señor eligió hacer lodo con su saliva. ¿Por qué? El hombre era ciego pero era capaz de sentir. Pudo sentir esa tierra húmeda en sus ojos, y pudo escuchar la voz de quien le dijo: “Ve a lavarte en el estanque de Siloé”.

A mi gusto este hombre tuvo opciones. Pudo haberse quitado el lodo con las manos, o con su misma ropa, sobre todo porque probablemente no sólo escuchó la indignante pregunta de los discípulos, sino que también seguramente escuchó al Señor escupiendo en el suelo. Y no había que ser un genio para saber lo que hizo con la saliva al sentir esa humedad en sus párpados. Sin embargo, hay una humildad y una sencillez tan tremenda en este varón que ni siquiera consideró otras opciones. Fue y se lavó, ¿el resultado? El que era ciego regresó viendo.

Si me pregunta hoy, ¿qué se requiere para ver manifiesta la gloria de Dios? Mi respuesta es: Simple obediencia. Es proponer en mi corazón que no voy a tratar de salir de una determinada situación con mi inteligencia, no voy a actuar basado en mis emociones tampoco, lo haré basado en los mandatos de alguien que tiene un conocimiento más amplio y más claro de la vida, en los decretos de alguien que tiene planes mucho más grandes de lo que puedo imaginar.

Ronald Delgado, Honduras


¡No razone otras opciones, obedezca a la Palabra y
verá la gloria de Dios!


  

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