Dolor ajeno

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Lectura: Deuteronomio 15:7-11

“Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso en tu tierra.” v.11

Circula en el internet una secuencia de fotos bromistas sobre medicamentos para males sociales, entre ellos “Ubicatex”, para los entremetidos y hasta un “Jarabe para la envidia”. Pero uno de los empaques, muy bien presentado, me dejó pensativa: “Pastillas contra el dolor ajeno”. Me pregunté a quién correspondería tomarlas. Y resulta que, en el interés de bromear, en ese álbum se infiltró la imagen de una campaña seria y solidaria que recauda fondos para enfermos olvidados. Se trata de caramelos en venta con un fin benéfico.

La defensa y socorro de los desfavorecidos son acciones que se esperan de todo ser humano, especialmente del que en alguna forma tiene los medios para lidiar con sus propias necesidades y desafíos. Siendo miembros de una comunidad con múltiples estratos socioeconómicos se nos presentan diariamente incontables causas que apelan a nuestra generosidad y buen corazón.

Pero, además de las fundaciones y movimientos de apoyo para los que luchan con una enfermedad, para huérfanos, ancianos y otras tantas causas, usualmente tenemos al necesitado en nuestra puerta y no somos capaces de extender nuestra mano, ni compartir un pedazo de nuestro pan, y peor aún, creemos que basta voltear la cara para no estar conscientes de esa realidad. La Biblia, el libro de Dios, es muy específico en exhortarnos a ser solidarios con el prójimo. En el Antiguo Testamento el Señor dictó leyes precisas para garantizar el bienestar de los excluidos, y las plantea como un llamado al corazón, que luego Jesús reitera y valida, para que nuestras buenas obras sean fruto de nuestro ser interior.

Georgina Thompson, República Dominicana


El dolor ajeno es nuestro dolor


 

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