¿Comprando a Dios?

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Lectura: Hechos 8:14-25

“…has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero…” v.20

Visité una iglesia donde es común que las personas lleven ofrendas de gratitud y compartan con la congregación la razón de ellas. Una hermana se acercó al micrófono, alzó su cartera y con ojos llorosos dijo lo siguiente: “¿Me oyes Dios? ¡No te voy a dar lo que tengo aquí hasta que no quebrantes a mi hijo y él se convierta! Tú sabes muy bien la cantidad que estoy dispuesta a ofrendar”.

La congregación aplaudió. El pastor se levantó y se dirigió al púlpito. Nunca esperé escuchar lo que él dijo muy sonriente, también elevando sus ojos al cielo: “Padre, sabes que la hermana es muy generosa. ¿Has visto las cifras que aparecen en ese cheque que guarda? Por favor, ¡has un esfuercito y contéstale pronto, padre mío!” Al oírlo, la congregación chifló, gritó y aplaudió delirantemente mientras el baterista del grupo musical tocaba los platillos.

¿Qué está pasando en algunas iglesias? Los conceptos que la hermana y el pastor trasmitieron y que la congregación aplaudió no eran correctos. Comprendo su dolor por el hijo inconverso y admiro su sinceridad delante de tanta gente. Valoro la solidaridad con que tantas personas la abrazaron, pues oraba por conversión del hijo. Pero es un error craso —mejor decir una herejía— creer que es posible comprar y pagar la gracia de Dios.

No podemos ofrecer a Dios dinero o algunas acciones nuestras para conseguir su favor. Las bendiciones de Dios, al igual que la salvación, se reciben por gracia. Debemos agradecerle, pero ninguna obra nuestra obliga a Dios a hacer o darnos lo que pedimos.

Alberto I. González Muñoz, Cuba


Todo lo recibimos por gracia


  

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