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Lectura: 1 Tesalonicenses 1:2 – 8

“ … partiendo de vosotros ha sido divulgada la palabra del Señor” v.8

Los ciudadanos de Tesalónica recibieron la visita de Pablo durante pocos días; según Hechos 17, parece haber estado allí menos de un mes. Como tuviera dificultades con las autoridades locales, debió dejar la ciudad. Pero este corto lapso fue suficiente para que un buen número de personas aceptara el mensaje salvador en Jesús. Una vez convertidos, ellos fueron a las comarcas vecinas compartiendo con ellos su experiencia espiritual, lo cual fue alabado por el apóstol Pablo.

Compartir es tomar algo que yo tengo y partirlo para que algún otro llegue también a tener una parte de él. De esta manera, cuando contamos a otros lo que hallamos en Cristo, aquello que era particularmente nuestro, lo hacemos parcialmente de otros. Compartimos una alegría con la esperanza que esta se contagie a otro; un descubrimiento, deseando que ayudo a otro a encontrar lo mismo. En fin, que mi experiencia pueda ser de bendición y utilidad para aquellos con quienes la comparto.

Una de las responsabilidades que Jesús dio a sus discípulos, fue compartir su fe en el Evangelio, su conocimiento del Salvador y su permanente disposición de acompañar a los creyentes auxiliándolos en sus continuas vicisitudes. Este desafío llega hasta nosotros a través de los siglos. Los tesalonicenses lo comprendieron y compartieron su hallazgo salvador. Y así como “hay gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente”, también lo hay, y muy profundo, en el corazón de quien comparte su conocimiento de Jesús. Este esfuerzo bendice a quien lo efectúa y, seguramente, ayudará a algún semejante en necesidad.

David J. Corvino, Uruguay


No nos cansemos de compartir el
Evangelio de Jesús


  

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